sábado, 11 de mayo de 2013

Ser maestra

Ser maestra es decidirse a redescubrir la vida y el mundo, cada día, cada mañana, en los ojos abiertos de los alumnos y alumnas. Ser maestra es estar decidida a avivar en cada instante, con la brisa de cada respiración, el fuego de la pasión y de la entrega. La pasión brota espontáneamente cuando a uno le gusta lo que hace. Un maestro de vocación siente que no ha elegido su profesión sino que la vida le ha elegido para esta tarea. Una tarea que vive como misión: sabe que lo que le gusta hacer, lo que verdaderamente quiere, es también lo que la sociedad necesita y le pide. La maestra es capaz de poner los misterios más grandes del universo en la pequeña mano abierta de un niño. Y hacerlos accesibles, no tanto para ser desvelados o comprendidos sino para avivar la creatividad y el entusiasmo. Un maestro debe saber postrarse, humildemente, ante la grandeza y sabiduría del alumno que tiene delante. Todo maestro es un buscador de tesoros, entregado a la aventura de explorar y descubrir las piedras preciosas que contienen cada ser humano. El de maestro es un oficio peculiar: es médico del alma, enfermero de los pesares del corazón, escultor de caracteres, arquitecto del edificio de la personalidad de sus alumnos, sembrador de futuro, recolector de presente, abogado defensor de las causas nobles y justas que se dirimen en el aula o en el patio de recreo. Por todo esto, una sociedad sana e inteligente reservaría el magisterio a los mejores: no a los que más saben, sino a los que más aman; no a los más listos, sino a los más sabios. Cada mañana, las familias entregan lo que más quieren, a las manos de sus maestros. Cuidar de los maestros es cuidar a ese paciente agricultor que hará posible que cada niño, cada niña pueda recoger una cosecha que será válida para su vida.

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