"No juzgues el día por la cosecha que has recogido, sino por las semillas que has plantado." Una experiencia vivida y enriquecida con el paso de los años
sábado, 11 de mayo de 2013
La mirada de un niño/a
Cuando vemos luz tras una ventana sospechamos que hay alguien dentro. Por eso, cuando unos ojos se opacan, cuando pierden su brillo y la mirada se muestra apagada nos percatamos que esa persona es como una casa vacía.
Pocas cosas resultan tan sobrecogedoras como los ojos apagados de un niño porque indican que salió de sí mismo, vive exiliado, anda errante y perdido en medio del mundo del conocimiento.
Un maestro debe aprender a mirar la mirada de los niños y debe dejarse mirar por ella. Ha de saber que el niño de mirada perdida no puede mantener fija su atención porque su mundo interno es un laberinto, un caos, un desasosiego, todo un universo de tensión, inquietud, ansiedad e incluso miedo.
Los ojos no son sólo el espacio desde el que miramos sino que han de ser objetos permanentes y continuos de nuestra mirada.
Mirar a los ojos es una urgencia pedagógica, un impresionante reto vital.
Devolver el brillo, la luz y la belleza a los ojos apagados de los niños y jóvenes es también una competencia básica, un contenido curricular y una eficacísima herramienta metodológica.
Iluminar los ojos de los niños es devolverlos a casa, a su casa, a que tenga inquietudes y motivación.
Es maestro quien con su propia lumbre prende lo que estaba apagado, aviva lo mortecino y es capaz de hacer resurgir algo nuevo de las cenizas.
Educar es, a fin de cuentas, el arte de encender los ojos del entusiasmo y de la alegría.
"Sabiduría de vivir"
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